top of page

Un suéter azul: Kovu

  • Mareniax
  • hace 2 días
  • 6 Min. de lectura

Cuando papá murió no quería saber nada más de la vida. ¿Por qué debería parecer una persona cuerda en este mundo tan podrido?


No pude abrazarlo por última vez, y, eso me quemó por dentro. Una quemadura tan grave que dañó por completo mi cerebro.

Dormía;

comía;

reía;

lloraba;

gritaba;

callaba;

observaba;

sin parar.


Una mañana común en la secundaria observé a un perrito tan dócil venir corriendo hacía mí. Fue extraño, porque parecía que algo nos conectaba.


“-Otra vez el perro se metió al salón, sácalo por favor”.


Y sí, ahí me ven sacando a un peludo de mi salón, para que la maestra no estuviera regañándome. ¿Por qué me perseguía?


“-Es hembra”. Dijo el prefecto Andrés, mientras observaba con detalle como acariciaba la cabeza del (la) pequeño (ña) todos los días al llegar.


Un día observé que su pancita era más grande de lo normal, ¿qué le pasará? Poco tiempo después supe que estaba embarazada. Recuerdo perfectamente tocar su panzota, sentí como se movió uno de sus cachorros por dentro.


“-¿Quieres uno?” Preguntó el prefecto Andrés.

“-¡SÍ!” No pensé en mi respuesta, pero, era claro que quería tener un cachorrito. Al principio pensaba adoptar un gatito, pero, no sabía sí mi mamá lo aceptaría. Realmente no me importó en su momento, sería mi mascota, no de ella.


Las entregas de calificaciones resultaban un martirio para mí, nunca fui tan aplicada en la escuela. Quizá en algún punto de mi infancia lo fui, pero, después perdí todo interés alguno. Además ¿quién es inteligente en la escuela secundaria? Sólo somos adolescentes tratando de responder “¿quién soy?”, “¿qué soy?”


Ese día no acudí a clases, pero, mi mamá me obligó a ir con ella para recibir la boleta. Cuando llegamos la esperé abajo, cargué conmigo un suéter azul. Aunque poco tiempo después me lo quité, el clima en Monterrey siempre ha sido extraño.


Mis amigas estaban tan eufóricas cuando me vieron, pero, todo se debía a que llegó el momento de darme a la pequeña Kiara. Así es, imaginaba que mi mascota sería una hembra.


Jennifer, Wendy, Fátima y el resto bajaron del tercer piso, entre los brazos de una de ellas tenían al pequeño cachorro. Así es, era un macho. Recuerdo sus ojos gigantescos como grandes canicas, sus orejitas con pequeñas manchas negras en los bordes, y, una nariz tan “chata” para sus pequeños días de vida.


Lola se acercó (ese era uno de los tantos nombres con los que identificaban a la perrita del lugar) detrás de mis amigas. Observó como entre mis brazos cubrí con ese pequeño suéter a su cachorro.


Nos tomamos cientos de fotos con mi iPod, capturando el momento de tener al pequeño entre nosotras. Platiqué con Lola un ratito, le prometí cuidar a su hijo toda mi vida.


Mi mamá sin titubear aceptó al pequeño con nosotras, quizá fue intimidada por el prefecto Andrés; fue hacía ella y le comentó sobre mi cariño a su perrita, y, ahora al nariz de bola que tenía entre mis brazos. Bueno, tampoco hubiese titubeado sí un hombre de 1.90 metros, con sonrisa encantadora (y un lunar en perfecta posición) me hubiera implorado adoptar al pequeño.


“-Oye, ¿cuál será su nombre?” Preguntaron mis amigas con gran curiosidad.

“-Kovu”. Contesté.


Nos marchamos a casa. Había un nuevo integrante más en la familia.

Todas las noches dormía en mi cama, era tan pequeño que tenía tanto miedo por asfixiarlo.

Notaba a mi mamá un tanto confundida, ya no me veía llorar por papá, ni siquiera llegaba a dormir todo el día. Todos los días estaba con Kovu, corriendo y jugando sin parar.


Siempre estuvimos juntos.

Recuerdo cada invierno con él, porque con su cabecita tiraba de mis cobijas para poder dormir bajo ellas.

Dormir más de lo común no estaba bien para él, rápido montaba un escándalo subiéndose en mi pecho. Me olfateaba y daba pequeños besitos en la cara, todo esto para poder despertar y jugar.


Dejar la comida sin supervisión era un peligro, porque se adueñaba sin pensar. Así que los gritos de mi mamá no podían faltar, y, claramente yo iba a defender a mi pequeño bebé, sin importar que él tuviese la culpa.


Mi mamá siempre lo llevaba en un pequeño canastito de paseo, aunque de un momento a otro creció tanto, que sus paseos en “avión” fueron suspendidos hasta nuevo aviso.


Terminé la secundaria.

Inicié la preparatoria.

Terminé la preparatoria.

Comencé a tomar clases en la facultad.

Nunca entenderé porque se desvelaba junto conmigo hasta verme terminar mis trabajos finales, había ocasiones donde él ponía sus pequeñas pompitas sobre el teclado; comprendía su mensaje sin duda alguna, era momento de dormirnos.

Terminé la facultad.

Inicié mis prácticas.

Me despidieron.

Comencé a trabajar en otro lugar.

Crecí junto a él.


Todas las mañanas antes de partir al trabajo había una rutina un poco curiosa. Tomar las llaves para abrir el portón de la casa era un reto, porque sí alcanzaba a escucharlas comenzaba con un gran escándalo que podía escucharse en toda la manzana.


Llegar a casa era un momento especial, porque su cola se movía sin cesar. Me veía tan feliz, y, hacía de todo para llamar mi atención. Aunque claramente ya la tenía, no debía hacer nada más.


Era un tanto gruñón.

¿Mencioné sobre su pelaje? Me parece que no. Este fue cambiando con los meses, hasta que al final se convirtió en el mismo retrato de su mamá biológica.


Cada que llovía tenía tanto miedo, aunque no comprendo porque.

Tomar un cepillo dental de cada miembro de la casa era algo normal. Así que en cualquier momento él podía ignorar sus juguetes, porque le parecía más coherente jugar con algo que era de nuestro uso personal.


Kovu era tan celoso, tanto que odiaba al pequeño gato que poco a poco fue recurrente tenerlo maullando en la puerta trasera de la casa.

Sin embargo, durante sus últimos días no dudó en convivir con él. Ambos ya eran amigos, pero, el reloj apareció frente a nosotros dos un domingo por la tarde.


Intenté todo.

Pero, no pude hacer más.

Poco a poco perdías fuerza, pero, aún así te levantabas.

Pensé que estabas esperando que regresara mi mamá a casa. Sin embargo, no fue así. Estabas esperándome a mí. Esperando para que pudiera regresar junto a ti todo el tiempo.


Vomitaste de color negro.

Sabía que ya no había vuelta atrás.

Te cargué y fuimos a observar el atardecer, junto con el árbol de duraznos de la abuela que recién comienza a florecer.

Me senté.

Te abracé.

Empecé a llorar.

Pero, tomé valor suficiente para buscar ayuda.

Imaginé que solamente sería un mal día, quizá solo me estaba precipitando. Pero, en el fondo no podía engañarme. La muerte por algo estaba presente, aún recuerdo sentir sus huesos congelando mi hombro. Al parecer siente pena por mí, porque mi destino ha sido cruel con todo ser que he amado de la forma más pura.


El veterinario me comentó sobre tus análisis.

Estabas muy mal.

Pero, ¿cómo es posible?

Nunca presentaste síntomas.

Nunca estuviste durmiendo más tiempo.

Siempre ladrabas;

jugabas;

corrías;

vivías.

Era demasiado tarde ya.

Pregunté por un tratamiento.

Pregunté por más estudios.

Te quería tener todavía entre mí.

Pero, mantenerte aquí solamente sería egoísmo.

Te quedaste en mi cama. Llorabas y no podías descansar del dolor que tenías.

Incluso, el medicamento que te habían puesto no hizo ningún efecto.


Era momento de despedirnos.

Pero, ¿por qué así?

Quizá sí tan sólo hubiera hecho algo diferente de mi parte


Te llevé a casa de papá.

Comencé a ponerte flores en tu frente.

Recorrimos parte de la ciudad.

Platiqué contigo sin parar sobre mi rutina, sobre mi último viaje y de aquella pequeñita que tenías que conocer.

Una pequeña chispita de vida.

Te abracé.

Te besé.

Y no te dejé solito en ningún momento.


Aún cuando el doctor me dijo que ya no estabas aquí, yo tenía mi mano en tu naricita y sentía que aún estabas respirando.


Cerré tus ojitos.

Hice una oración antes de tu partida.

Le pedí a Dios por ti.

Ahora conocerías a mi papá y estarías nuevamente con Lola.

Prometí llevarte con Yemayá en mi próximo viaje; entregarte a ella para que algún día nuestras cenizas puedan encontrarse, reunir nuestras almas y caminar por la orilla de la playa más linda que he conocido.


He muerto nuevamente en vida.

Me haces tanta falta.

La casa se siente tan vacía.


Te amo, ojos de canica.

Hasta pronto, Kovu.



 
 
 

Entradas recientes

Ver todo
Viernes 7

Papá fue llevado al hospital un viernes. Falleció al siguiente. 7 días. Mamá se debilitó un viernes. Colapsó 7 días después. El 7 marcó mi vida desde niña. Los hospitales son fríos, mucho más cuando s

 
 
 

Comentarios


bottom of page