Pequeñita.
- Mareniax
- hace 2 días
- 2 Min. de lectura
Mi familia siempre fue pequeñita; papi, mi ama y yo.
Después solo éramos nosotras dos: mamá y yo. Las dos vivimos el mismo duelo, afectándonos entre una a la otra. Los “te quiero”, abrazos y elogios solamente quedaron permitidos durante nuestros cumpleaños y fiestas decembrinas.
Crecí detestando los abrazos, hasta que descubrí que realmente era una forma de demostrar amor.
¿Amor?
Y no estoy hablando desde el punto pasional, ese que nos quema como hielo; nos deja sin oxígeno; sin alma, no. Estoy hablando de un amor familiar.
Hoy conocí una familia diferente, donde el amor existe. Los abrazos, los “te quiero” y la calma son esenciales. Pensé sentirme incómoda, pero, no. Esto me resultó familiar ¿no?
Papá era la unión de mi familia chiquita.
Mami todas las mañanas preparaba el café cargado para él, mientras que entraba a mi cuarto para despedirse y así darle un beso a mamá antes de salir.
En cada cumpleaños él llegaba a casa con nuestros pasteles favoritos. Creía que toda mi infancia fue vivir la enfermedad de papi, pero no, todas las tardes reíamos y jugábamos olvidando por un momento ese reloj de arena en el centro de la mesa.
He descubierto que viví una vida engañada por años.
El dolor me volvió ciega;
antipática;
amargada;
ansiosa;
desconfiada;
depresiva.
Vivir en dolor era mi única forma de existir.
Tengo que aprender a disfrutar de todo lo que aún me permite el destino, recordar los momentos con mis padres y luchar contra ese reloj que asecha a mamá.
Gracias a toda esa familia por hacerme viajar en el tiempo cuando era pequeñita, porque comprendí que sí pude disfrutar de ese amor, y, hoy tengo que volver a vivirlo al lado de mi ama.



Comentarios